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ARTICULOS : La importancia de la sed de los peces
el 14/12/2007 3:40:00 (16019 Lecturas)

Autor: Roberto López Delfín

Este cuento pertenece a la obra recien publicada: "La Breve Vida de las Emociones"Open in new window

A Carlos López Hernández

Hernando Antonio pescaba en el Golfo de México, debajo de un cielo desnudo, tan cercano que le parecía que bastaba pararse de puntitas para sentir en las sienes a un enorme sombrero azul. Creía que bastaba únicamente saltar con fuerza para, de una tarascada, arrancar un pedazo de cielo, masticarlo y curarse de la mayoría de las de enfermedades gastrointestinales.

Al sacar la red vio entre los pocos guachinangos que había conseguido, un cazón color de acero que se retorcía buscando agua donde respirar. Lo contempló con simpatía comprensiva porque dos de sus hermanos habían perecido ahogados. Comprendió la importancia de la sed de los peces.

Decidió adoptar al tiburoncito y lo llevó a casa. Se aprovisionó con fragmentos de ola marina que vertió en un abrevadero de vacunos, mismo que haría las funciones de cama del tiburón. Para evitarle al escualo la nostalgia, pintó el recipiente de color azul y lo decoró con motivos acuáticos.
A nadie se le ocurrió bautizar al tiburón, los costeños saben que los tiburones son sordos y viven creyendo que las vibraciones que desencadenan sus instintos no tienen ninguna otra manifestación. A pesar de ello, Hernando Antonio invirtió gran parte de sus noches en platicarle al tiburón que el puerto de Veracruz fue atacado cuatro veces por invasores extranjeros y cómo huyeron los soldados cobardes, dejando al pueblo la defensa de la patria.

El tiburón escuchaba los relatos con indiferencia, pero fue interesándose de tal modo que Hernando Antonio descubrió cómo le cambiaban los estados de ánimo. Jubiloso el escualo movía la cola al escuchar los pasajes en que la suerte favoreció a los mexicanos.

En poco tiempo el vínculo emocional que unía a Hernando Antonio y su tiburón evolucionó para convertirse en cariño, lo que provocó los celos de su esposa. Sus vecinos reprobaban la relación y esgrimían todo género de murmuraciones para censurar la conducta del pescador. Éste no se preocupó de los chismes ni reparó en el hecho de que su mujer lo abandonó para irse con un maraquero que odiaba a los tiburones y no carecía de ritmo, pero sí de dientes.

Hernando Antonio y su tiburón se quedaron a vivir en la casucha ubicada en uno de los tantos barrios pobres ubicados a orillas del Golfo de México. Nada pudieron hacer los de la Sociedad Protectora de Animales ni el encargado de la seguridad del barrio. El pescador y su compañero eran felices sin violar ley alguna. Juntos aprendieron a superar los obstáculos que les planteaba su insólita amistad.

El tiburón crecía. En poco tiempo saturó la capacidad de su abrevadero y sus aletas dorsales se doblaban en forma dolorosa. Hernando Antonio sufría por su amigo y con la esperanza de disminuir sus pesares le fomentó la afición a la filatelia.

No obstante las atenciones y el cariño el tiburón empezó a ser víctima de terribles pesadillas donde degustaba delicados platillos orientales. Cierta noche los sueños fueron espeluznantes y el escualo movió el cuerpo con violencia tratando de escapar de algún implacable enemigo imaginario. A consecuencia del zangoloteo rodó fuera de su abrevadero y respiró el aire seco del ambiente. Después de los primeros momentos de asfixia, el tiburón se habitúo a respirar fuera del agua y, con los movimientos que hace millones de años utilizara alguno de sus ancestros para abandonar el mar y colonizar la tierra, se arrastró hacia la cama de su amigo.

Al despertar, Hernando Antonio vio a su amigo sonreírle tiernamente con sus cinco hileras de dientes. Esa mañana decidieron celebrar. Hernando Antonio resolvió sanar de nostalgia al tiburón y lo llevó a ver el mar. Como si fueran un cachorro ató al escualo a una correa. Después de mucho esfuerzo dominó el difícil arte de la locomoción.

Las caminatas por el malecón se hicieron costumbre. Las niñeras de las casas ricas sacaban a los niños a la calle para que no se quedaran sin presenciar el desfile del hombre y del tiburón. Esto en vez de apenar al escualo lo desinhibió y comenzó a ser más sociable. Sonreía a los transeúntes y asustaba, a petición de las madres, a los niños que se portaban mal. Desarrolló el hábito de mordisquear cariñosamente las pantorrillas de las muchachas bonitas.

Mas la felicidad suele ser como el guano de gaviota que alfombra las playas del Golfo de México. La tarde del solsticio de otoño, cuando los amigos realizaban una de sus famosas caminatas por la playa, el escualo descubrió el apetitoso chamorro de una extasiada turista que se aproximaba a fotografiarlo. Sin afán de molestarla avanzó y mordisqueó juguetonamente la pantorrilla de la hermosa jovencita, quien estaba acompañada de varios camaradas. El grupo malentendió la caricia recibida por la muchacha, quien asustada golpeó al tiburón mientras daba grandes voces en inglés.

Desconcertado por la agresión el tiburón se arrastró despavorido hacia el mar. Hernando Antonio trató de sujetarlo, la piel, el peso y la fuerza de su amigo lo vencieron.

Después de la estupefacción, varios espontáneos se quitaron los zapatos y fueron nadando en busca del tiburón. Los gritos aproximaron a la playa a muchos curiosos, quienes telefonearon a los bomberos.

Con ansiedad los espectadores veían las aletas saliendo a pausas irregulares del agua. El tiburón trataba desesperadamente de respirar aire fresco mientras la corriente lo arrastraba a las profundidades oceánicas. Pobres tiburones, son seres tan primitivos que, a diferencia de los peces, no tienen vejiga natatoria, por lo que no pueden flotar. Luego

Pasaron minutos antes de que llegaran los salvavidas. En el horizonte sólo se veía la piel irregular del mar, bajando y subiendo en incansable ondulación. En el rostro de los presentes había una certeza: el tiburón se había ahogado.

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