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ARTICULOS : La larga despedida de lo inútil
el 9/12/2009 10:50:00 (2456 Lecturas)

La realidad es despiadada con la Nación. En estos tiempos de crisis aflora cotidianamente la muy documentada incapacidad del presidente Felipe Calderón Hinojosa y su equipo de trabajo. Hay acuerdos manifestados por todos y cada uno de los partidos políticos en la obsolescencia del presidencialismo centralista; en que el modelo de gobierno vigente debe rediseñarse para modificar el excesivo centralismo en la imposición y reparto de las atribuciones y fondos públicos. Nadie duda que el federalismo y la democracia son las opciones más viables con que cuenta el México para solventar las legítimas exigencias de su desarrollo.

Urgen propuestas y espacios para hacerlas realidad, pues las críticas nucleares ya han sido expresadas y se ha comprobado su certeza. A fuerza de verificar en los hechos las crecientes dificultades del desarrollo individual y colectivo, cada uno de los mexicanos conocemos la problemática de nuestra Nación. Sabemos que estamos mal desde hace tiempo y las contradicciones se agudizan. Conocemos los diagnósticos que se amontonan empolvándose en universidades y centros de estudios y en el hartazgo social, percibimos el imperativo de hacer algo ya, pronto, ahora.

Ante la crisis generalizada, a la que el primer mandatario ha dado una absurda acta de defunción anticipada, es de admitirse que hay que priorizar problemas que deben ser resueltos individualmente, pero no de forma aislada. La experiencia nos ha mostrado lo nefasto de acumular “soluciones” parciales diseñadas para un conflicto y momento determinado, sin una visión totalizadora. No se ha entendido que los paliativos no llevan a ningún lugar y que a la larga empeoran las cosas. Nuestro gobierno federal se ha perdido en el bosque por prestar atención a árboles particulares. Los problemas no terminan de resolverse y se van consolidando, complicándose; hay una larga despedida de lo que se sabe que no funciona, pero no termina de irse. El sistema inútil de administración de los problemas nacionales no termina de morir y el sistema que requerimos no empieza aún a nacer.

Así, México se está quedando atrás, mientras Veracruz avanza. Como veracruzanos nos gratifican los logros locales. El liderazgo estatal de nuestro gobierno contrasta con la debilidad del titular del gobierno federal, por lo que a las múltiples desigualdades que padecemos, se suma la brecha que entre nosotros genera los asimétricos índices regionales de desarrollo económico; calidad de vida y aceptación y efectividad de nuestros gobiernos e instituciones.
Después de muchos y reveladores procesos, la República ha asumido el costo de generar una mayor recaudación tributaria; empero, es necesario precisar y diferenciar regionalmente las fuentes de recaudación que se deben instaurar, localizando las medicinas específicas por región y problema. Hay acuerdo unánime en que es necesario federalizar las facultades impositivas para dar lugar a una nueva coordinación hacendaria entre el gobierno central y los de las entidades federativas.

Miles y miles de páginas se han escrito para diagnosticar los males que nos aquejan y por todos es sabido que tenemos que cambiar. Estamos ante un proceso de indispensable redefinición y significación histórica, ante un cruce de caminos que no debemos posponer. Se trata de replantear al Estado Mexicano, logro magnífico de nuestros mayores, para reubicarlo en el flujo de las relaciones humanas, precisando los alcances y objetivos de la República. Más que celebrar efectista y estatuariamente el bicentenario de nuestra independencia y el centenario de la revolución a la que se opusieron los ancestros ideológicos de los gobiernos panistas, debemos actualizar nuestros logros como Nación, reflejando en los hechos la riqueza de la nueva sociedad y cultura en la que vivimos, con un horizonte claro de desarrollo social, legal e institucional, mediante un nuevo pacto social que propicie una nueva estabilidad económica y política para México.

Nuestra Constitución –que ha sufrido múltiples transformaciones desde su redacción en 1917 por las diversas facciones de la revolución triunfante-, nos parece incapaz de delinear jurídicamente un Estado-Gobierno eficaz, acorde a las necesidades de este siglo. Ante ello, habrá que plantearse con seriedad la necesidad de llamar a un nuevo Constituyente –como hemos hecho recientemente los veracruzanos, los queretanos y los oaxaqueños- a fin de elaborar una Constitución cuya finalidad sea establecer una nueva definición de nuestra nacionalidad y enfrentar exitosamente los retos y oportunidades de México, generando acciones e instituciones que sí funcionen y comiencen a resolverse, programáticamente, los añejos problemas que nos aquejan, de acuerdo a un proyecto de nación concreto, con la arquitectura legal que nos permita prosperar individual y colectivamente en un mundo globalizado, cambiante, multipolar.

En la renovación del federalismo será posible conciliar con equilibrio a la federación y a las diversas entidades federativas, en un modelo multiregional y consensado de nación, con facultades, atribuciones y responsabilidades plenamente definidas por nivel de gobierno y responsabilidad de solución de los conflictos sociales. Se requiere voluntad política, disposición, racionalidad, congruencia, reconocimiento de la realidad y conocimiento de los retos que enfrentamos para formular iniciativas concretas que respondan directamente a las añejas y novedosas cuestiones nacionales.

En nosotros está el cambio. Es cuestión de actitud y aptitud. Requerimos un sistema coherente con la evolución social. La transición no llegará con reformas coyunturales que no hagan sentido las unas con las otras. Requerimos un proyecto jurídico para la integración de las diversas visiones de México y las soluciones que necesitamos. Es indispensable reivindicar cuanto antes la potestad del pueblo mexicano de normar su presente y regir su futuro. Sabemos que los discursos no nos harán libres ni pondrán más dinero en los bolsillos de las familias. La identidad no es el crepúsculo panfletario de lo que ha sido, ni México comienza donde concluye su análisis. Los ciudadanos debemos recobrar, en los hechos, la facultad de presentar y consensar transformaciones significativas para la República y que afronten los pasivos sociales de los modelos de desarrollo económico y político que se han implantado, preparándonos para nuevas metas, logros y realizaciones, con un arreglo fundacional propio del siglo XXI. ¿Cuándo se realizará la tan necesaria Convención Hacendaria para empezar a resolver los problemas económicos de siempre? ¿En qué momento renovaremos nuestro pacto social para poner manos a la obra?

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