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ARTICULOS : Las razones detrás las persistentes masacres en México
el 13/10/2014 20:48:59 (2513 Lecturas)

Una vez más estamos los mexicanos enlutados, consternados, conmovidos por otra masacre proditoria, que de tantas y tan crueles, han pasado ya a poblar nuestro olvido selectivo, como una más de las formas de supervivencia en nuestra querida tierra, en condiciones de -creemos- relativa salud mental.

Como periodista, uno quisiera dar buenas noticias, escribir de oportunidades más que de conflictos, glosar eventos auspiciosos, interesantes, promisorios. Pero no es razonable en el México de hoy, pues las noticias “buenas” son poco benignas y las malas son muchas y pésimas. Tal vez la peor de ellas, la creciente barbarie impune de la violencia homicida en nuestro País, la omnipresencia de homicidios crueles y multitudinarios, cada vez más violentos, que desfondan intelectual y éticamente a la sociedad y vacían de contenido los discursos y programas gubernamentales.

Es comprensible que la sociedad, los gobiernos y medios masivos de comunicación, siguiendo lineamientos de comunicación social e ingeniería social tiendan a retraerse en la enumeración y descripción de las pavorosas noticias de nota roja, pero masacres de brutalidad sin límites, como la que hemos vivido esta semana contra grupos numerosos de personas indefensas, no pueden pasarse por alto, no pueden ser analizadas como “casos aislados”; ni banalizarse acomodaticiamente como crímenes comunes; mucho menos cuando se ha comprobado en ellas la participación de autoridades y servidores públicos que tenían por obligación primera cuidar la vigencia de la Constitución, los Derechos Humanos y el Estado de Derecho.

San Miguel Canoa; Tlatelolco; el jueves de Corpus; Villas de Salvarcar; Aguas Blancas; San Fernando; la quema del Casino Royale; Tlatlaya; Iguala; las innumerables fosas comunes, el silencioso genocidio a los migrantes, todos crímenes de lesa humanidad, cuyos autores no han sido identificados ni sentenciados.

Son frecuentes las masacres aquí y hay un hilo conductor en los principios y finales de sus historias: la corrupción, la impunidad y su pronto olvido por parte una sociedad anestesiada contra la violencia más extrema, a fuerza de vivir en la constante inseguridad de un estado de guerra: secuestros, ataques infames contra personas desvalidas, ejecuciones extrajudiciales y homicidios aterradores que manifiestan una y otra vez que cuando pensamos que habíamos tocado fondo como sociedad, habíamos pecado de optimismo.

Las penurias económicas, las frustraciones sociales y falta de oportunidades hacen para muchos atractivo unirse al enorme grupo social de los que en México viven fuera de la Ley. Cuando creíamos que a base de pactos, voluntad y reformas podíamos vislumbrar una salida a la crisis económica que lleva ya 30 años en términos reales, reaparece el México “bronco”, tantas veces glosado nacional e internacionalmente, para recordarnos que una sociedad mal educada, desigual y empobrecida, con una tasa de impunidad -de acuerdo al INEGI- superior al 90% para crímenes de sangre, genera horridos estallidos cotidianos de violencia irracional de los mexicanos sobre nosotros mismos.

Como la víctima que mi familia y yo hemos sido de la violencia criminal más irracional, inmerecida e injustificable, después de reflexionar largamente sobre la salvaje e inaudita ferocidad de los homicidios masivos, encuentro una posible respuesta a la crueldad inhumana -adicional a la existencia de la maldad pura y simple- en el hecho de que hay lugares y momentos de México en que gobiernan los criminales disponiendo los qué, cómo, quién, cuándo y cuánto.

Las incontadas historias horripilantes, el dolor de las víctimas, las secuelas de la barbarie persistente que aterra, enardece, indigna, desfigura la identidad nacional. Es evidente que para los criminales organizados –y desorganizados- la violencia es su racionalidad. Tiene efectos instrumentales y disuasorios. Somete, humilla, castiga, elimina a la víctima o adversario, establece territorios de control para ejercer actividades delictivas sin molestias pero, ¿por qué y de dónde la brutalidad descarnada aplicada masivamente? ¿Por qué las mutilaciones, las decapitaciones video grabadas, las torturas escalofriantes, si detrás de ello sólo hay el deseo de cada uno de los delincuentes de ganar dinero?

Desarticulados los carteles, los sicarios han tomado el poder de la estructura criminal y lo ejercen con cada vez mayor crueldad. Compiten no únicamente por las ganancias, rutas y territorios, aterrorizan a través de la barbarie apocalíptica para inhibir o cooptar a las autoridades (la política de plata o plomo); incrementar su poder e influencia cuantitativa y cualitativamente; desincentivar denuncias, eliminar opositores, desmovilizar a individuos en particular y a la sociedad en general.

Otra parte de la explicación a la multiplicación de la violencia inhumana es la balcanización de los grupos delincuenciales, lo que ha derivado a nivel regional en estados fallidos o cuando menos al Estado fallando, pues en diversas partes del País los criminales han infiltrado o/y rebasado a las autoridades, lo que imposibilita que los gobiernos –aún los mejores intencionados- cumplan con la más esencial de sus funciones: garantizar la vida, seguridad e integridad de los ciudadanos, sus familias, bienes y posesiones, castigando en forma expedita, justa, transparente a los delincuentes.

Ha surgido una fragmentación narco autoritaria en nuestro País, en la que criminales ejercen –en regiones específicas- más poder que las autoridades legalmente constituidas en los niveles más bajos de gobierno y/o ambas instancias se alían para cumplir sus fines.

Se entiende que los medios y los gobiernos no sean prolijos en la enumeración descriptiva de las atrocidades, en el repaso minucioso de lo que nadie desearía ni a su peor enemigo, pero aquí la nota roja se ha apoderado de los titulares y no sería ético soslayar el significado social de las masacres, ni matizar la indignación –nunca suficiente- que deberían generar en nosotros los espeluznantes crímenes cotidianos, pues la trivialización del mal nos lleva a creer que, siendo testigos indolentes, arropados en una indiferencia hipócrita, estamos más seguros que levantando la voz como individuos y sociedad, en la batalla para dar gobernanza y seguridad a nuestros conciudadanos, a nosotros mismos.

Los homicidios y desapariciones son tragedia repetida, cuyo efecto acumulativo envilece a la sociedad, desvanece nuestra calidad de vida. Los hechos de sangre son cotidianos. Nos hemos habituado tanto a la barbarie, que no la vemos a menos que toque a nuestra puerta, en el sentido literal de la expresión. Se han quebrantado los más básicos vínculos de empatía y solidaridad social. No se condena a los culpables y con frecuencia se enjuicia perversamente a las víctimas, atribuyéndole alguna justificación disparatada, falaz a su tragedia. Los aparatos de seguridad, procuración e impartición de justicia no cumplen sus objetivos. Un infamante código de silencio nos impide apreciar la magnitud del problema. Los individuos y la sociedad admiran el éxito, al margen de los medios con los que fue obtenido. Vemos nuestra realidad como un destino.

Por ello las masacres acaecidas en nuestro entorno que han dado la vuelta al mundo, horrorizando globalmente y poniendo a nuestro País en su realidad directa, lejos, muy lejos de la imagen de modernidad, orden y prosperidad de ese México que aspira a ser un potente y prestigiado actor internacional, atractivo para las inversiones y el turismo.

¿Qué valor tiene la indignación ante la indecible crueldad de los crímenes cotidianos y las masacres? Ambos síntomas de una misma enfermedad social. ¿Cómo responder organizadamente ante tanta muerte, tantos desaparecidos y la más cínica impunidad? ¿Por qué tanto repudio a la violencia sin lograr cambio ninguno? ¿Para qué han servido las marchas multitudinarias y las diarias manifestaciones ciudadanas si no se vislumbra la luz al final del túnel para esta situación de creciente inseguridad? Las respuestas siempre han estado frente a nosotros. Cada pueblo tiene el gobierno que merece. Como individuos y sociedad no hemos identificado con claridad las razones de la corrupción; el desprecio por la vida humana; el autoritarismo sin valores y la impunidad. No hemos realizado lo necesario para acabar con las causas últimas de la tragedia persistente de la crueldad más inhumana y las masacres periódicas en México.

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