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ARTICULOS : La solución en busca de problemas
el 6/10/2014 11:36:30 (2824 Lecturas)

Día a día, como individuos y colectividad, nos constituimos frente a un caos dinámico, a un sistema entrópico, donde los conflictos se retroalimentan. Es inevitable diagnosticar uno a uno los problemas, jerarquizando su solución y estableciendo la necesaria distinción de prioridades. ¿Qué problema abordar primero? ¿Qué embrollos son originarios de las complicaciones y cuáles son derivados de ellas? ¿Cómo hacer avanzar a una colectividad sin parcializar su progreso ni estratificar a los ganadores y perdedores de las políticas públicas? ¿Cuál debe ser la prioridad fundamental (así se proceda estratégica, secuencial e instrumentalmente sobre prioridades diversas)? En resumen ¿Cuál de nuestros problemas deberá atacarse primero, por ser el más importante, en términos de que su paulatina solución ira resolviendo, por sí, transversal y simultáneamente los demás conflictos?

Parecería fácil de responder la pregunta de por dónde comenzar para diseñar e implementar políticas públicas y qué hacer como individuos para de veras contribuir para “hacer un México mejor” (perdón por la frase, que por utilizada en infinidad de discursos sin contenido, parecería demagógica), pero la crisis multidimensional que vivimos (inseguridad; falta de crecimiento económico; empobrecimiento social acelerado; debilidad institucional; falta de proyecto viable de desarrollo nacional; etc.) tiene muchos efectos en la sociedad y las personas, por lo que discernir –entre tanto problema- qué hacer primero y qué después; cómo organizar el diagnóstico, planeación e implementación de las soluciones; por dónde iniciar el proceso de transformación que nos lleve – como personas y sociedad- a una mejor, más prospera y sustentable forma de vida.

Algunos problemas son síntomas (falta de oportunidades para el desarrollo económico individual y colectivo de las mayorías, carencia de empleos, disolución de las familias en particular y del tejido social en general, etc.) y otros la causa de los problemas (carencia de justicia social y condiciones de convivencia ordenada, productiva, democrática, pacífica; pérdida de valores sociales y personales; carencia de identidad; falta de organización de las metas a las que aspiramos como personas y País; degradación de la cultura cívica y desorganización; etc.). Siempre ha sido más fácil reconocer los primeros, en tanto están a la vista, son palpables y afectan a todos –con sus niveles- de alguna manera. Algunos efectos se manifiestan inmediatamente y otros, perceptibles al paso de un tiempo.

Las mediciones de la opinión pública y encuestas de opinión serán la brújula, pero no nos indicarán como comenzar de veras a cambiar a México, pues inevitablemente señalarán problemas muy concretos, cuyas profundas causas serán soslayadas por la multitud de demagogos vivales, que desde los partidos políticos, los gobiernos y los medios de comunicación, se concentrarán –so pretexto de dar cauce a las demandas ciudadanas- en acciones inmediatistas, efectistas, siempre pensadas en la lógica de la ganancia personal y de corto plazo, sin entrar a los verdaderos orígenes de los problemas.

De acuerdo a todas las mediciones de opinión pública (sondeos, encuestas, etc.), desde hace décadas la sociedad mexicana ha alternado como sus mayores preocupaciones a la inseguridad (violencia) y la falta de empleo (crisis económica), pero tales percepciones, sin duda correctas, no han incidido en la solución de ninguna de esas problemáticas, por la sencilla razón de que ambos conflictos tiene orígenes diversos, y las acciones públicas y personales para enfrentarlos han sido desarticulados, por la miopía de querer resolver lo posible cuanto antes, calculando las dividendos electorales concretos para los grupos o individuos que han detentado temporalmente el poder.

Los políticos se “comprometen” con sus electores, con vagas promesas del tipo “traeremos el agua (o/y la luz) a esta colonia”, ”aquí habrá un puente (o/y una carretera)”, ”crearemos las condiciones para que haya empleos”, ”apoyaremos a la juventud (o/y a los adultos mayores)”, etc. Pero por quedar bien con un grupo de votantes concretos, regionalizados y locales pierden de vista las causas profundas de tales problemas, abordándolos como problemas aislados, para lograr el aplauso fácil y el voto del electorado de manera clientelar (yo te doy, tú me das).

Tan burdas transacciones han degradado al ciudadano en “votante” y al político en “proveedor”, con lo cual se ha impuesto una visión cortoplacista de los problemas y sus soluciones, que oculta tras de sí muchos negocios e innumerables fracasos sociales. Aun las mejores intenciones naufragan ante las “demandas” del electorado. Ejemplo: si hay robos, violencia, secuestro, homicidio –inseguridad- se apela de inmediato a la multiplicación de las policías, a la participación del ejército para reprimir a los delincuentes, perdiendo de vista que es –en el mayor número de casos- la pobreza y falta de oportunidades que ha orillado y orilla a muchos centenares de miles de jóvenes sin empleo ni educación a considerar sus opciones (en este caso, la falta de ellas) para vivir fuera de la Ley y enrolarse como sicario, narcomenudista, delincuente. Por ello el problema persistirá. ¿Se captura al poderoso líder de un importante cartel del narcotráfico? Ya sabemos que de inmediato otro delincuente ocupará su lugar. Centenares de miles de jóvenes desempleados, insatisfechos, desesperados y sin valores tomarán el lugar de los caídos o capturados en una lucha contra la delincuencia, que prioriza los efectos sobre las causas.

Así pues, la labor de organizarnos sobre una causa última, un acuerdo social trascendente; una solución en busca de problemas (por dolorosa que sea) es compleja pero indispensable. Como personas y Nación debemos mirarnos en el espejo de nuestra realidad sin parpadear, sin maquillarnos, concentrándonos en lo que quisiéramos cambiar, fijarnos metas concretas y organizarnos para llevar a buen fin tal proceder.

Pero para todo ello, será necesario jerarquizar los problemas, estableciendo cuales son las prioridades en el tiempo (calendario) y el espacio (regiones, estados, municipios); qué recursos destinaremos a qué y cuándo y, cuál será el presupuesto básico de todos los esfuerzos y acuerdos personales y sociales; el principio organizador que transversalmente estructurará todos nuestros esfuerzos, el consenso social de la cual devendrán –en forma organizada y consecuente- las demás soluciones concretas.

Si bien es cierto –como individuos y sociedad- tenemos muchos problemas y todos merecen atención, debemos ser realistas para evitar engañar y engañarnos. A grandes males, grandes remedios. No hay grandeza en posponer lo inevitable. Hay la necesidad imperativa de concitar –más allá de los partidos políticos- una base intangible de convicción sobre la que cualquier proyección o ejercicio de solución(es) debe(n) construirse: la voluntad auténtica, popular, republicana de hacer lo necesario; de comprometerse personalmente; levantar la voz colectivamente; organizarse en torno a causas y fines; participar con claridad de propósito y sin fines de lucro; tomar acuerdos nacionales en forma democrática e informada, visualizarnos como Nación en 10, 15 o 20 años (más allá sería una ciencia ficción) para –mejorando nuestras condiciones de convivencia y participación creciente en la economía y la política- acabar, a fuerza de ir disminuyendo, la injusticia social, hacer gobiernos transparentes, plurales, inteligentes, populares, movilizados en torno a consensos y objetivos trascendentes, que entiendan y se ocupen de las causas profundas de las desigualdades y conflictos, en la determinación individual y colectiva de hacer lo que sea necesario, aplicar la Ley sin pretextos ni distingos para superar problemas (corrupción, pobreza, discriminación, inseguridad, desigualdad, injusticia), que nos han acompañado –con diversas manifestaciones y grados- desde el nacimiento de la Nación.

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